Equilibrio

GiselleRo

Justo en aquel momento abriste los ojos ¿lo recuerdas? Viste como el pie se deslizaba por la madera térrea. Me dijiste que se te puso la piel de gallina al verla allí, entre viejas luces. – Pero ¿Quién era? Debes recordar quien era! –

Tan solo me explicaste que no parabas de mirarla, detrás de aquella puerta.. – ¿Cómo era? mmm… Ah, sí la puerta blanca, sí, sí, con los cristales medio rotos. Qué por eso podías llegar a verla. ¿verdad?- –

Era temprano, aún no había sol pero sí la suficiente tenuidad como para llegar a ver aquella perfecta estatua bailar entre los helechos. Y tu, torpe te golpeaste contra el viejo piano, haciendo sonar sin querer la preciosa melodía, que aun hoy no dejas de tararear.

Ella se percató y salió corriendo, y al golpear el suelo sugirió que el mohoso polvo danzara con el viento. Dijiste que cruzaste su mirada, que aquellos hermosos espejos te dejaron ver el miedo y tu ante el pánico de la mentira echaste a volar.  El aleteó formó un escuadrón de viejas hojas  y a su vez entraban los primeros halos de luz que hizo despertar las flores madrugadoras.

Dijiste que viste como las obreras hacían su labor  y que los gatos lilas desfilaban en busca de su cacería. Lograste ver como las sucias ratas querían apoderarse del lugar y esconderse entre los agujeros del tiempo. También contaste que desde allí alto conseguiste ver, como la ninfa entró en la oscuridad verde, perdiéndose en la espesura.

Nunca la volviste a ver, pero no parabas de mencionar que la recordabas, de algún otro lugar, de algún otro calendario quizás. – ¿aún no la recuerdas? Debes recordar quien era!-

Me explicaste que mientas la seguías te cruzaste con aquel de ojos miel. Y que enfureció tanto, que te empujó.  – ¿pero que le hiciste? Bueno, nada… Algo debió pasar. –  Él siguió su camino e hizo remover el agua al chutar la culpabilidad. Viste como sin darse cuenta la escamosa verdad saltó y relució ante la primera luz. A su vez un doble reflejo hizo pestañear el sonido de un coche abandonado entre líneas pintadas.  El conductor volanteó  hasta llegar al castillo de naipes que tu, al volar, destrozaste. Percatándote sin quererlo que aquel conductor sin importancia era en realidad tu recuerdo,  aquel equilibro fingido que llevabas toda la vida buscando.

 

Iris Pérez Barrera

Imagen de Giselle Ro https://www.facebook.com/giselleroart/

 

 

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